¿Deberían los estudiantes entrar más tarde a la escuela? Qué dice la ciencia
Un estudio realizado con cientos de adolescentes argentinos puso sobre la mesa una discusión que sigue vigente: ¿los horarios escolares están realmente adaptados a las necesidades de los estudiantes o principalmente a la organización de las familias y las instituciones?
Investigadores del CONICET estudiaron a 753 estudiantes argentinos que asistían a distintos turnos escolares. Los horarios comenzaban a las 7:45, 12:40 y 17:20, lo que permitió comparar cómo influía el momento de inicio de clases sobre el sueño y el rendimiento académico.
Los resultados mostraron una particularidad de la adolescencia: durante esta etapa, el reloj biológico suele desplazarse hacia horarios más tardíos. En otras palabras, muchos adolescentes naturalmente tienen sueño más tarde y también necesitan levantarse más tarde para completar las horas de descanso recomendadas.
El problema aparece cuando ese ritmo biológico choca con una jornada escolar que comienza muy temprano. En la investigación, más del 90% de los estudiantes del turno mañana dormían menos de las ocho horas recomendadas, mientras que quienes concurrían por la mañana también presentaban mayores niveles de lo que los investigadores denominan “jet lag social”, la diferencia entre los horarios de sueño de los días de escuela y los días libres.
Pero el estudio no encontró simplemente que “entrar más tarde hace rendir mejor”. El rendimiento estuvo relacionado con la coincidencia entre el cronotipo del estudiante y el horario de clases. Los alumnos más matutinos tendían a desenvolverse mejor durante la mañana, mientras que los estudiantes con ritmos más tardíos tenían mejores resultados cuando sus horarios de estudio se acercaban más a su reloj biológico.
La investigación también abrió una pregunta de fondo: ¿deberían las escuelas comenzar más tarde, al menos para determinados grupos de adolescentes? Desde el equipo científico señalaron que retrasar el comienzo de la jornada podría beneficiar a los estudiantes, aunque aclararon que se necesitan más investigaciones para definir políticas concretas.
Además, investigaciones posteriores realizadas con adolescentes argentinos volvieron a encontrar una asociación entre los horarios escolares tempranos, una menor duración del sueño y una peor calidad del descanso durante los días de clase.
El debate, entonces, no pasa solamente por “levantarse más tarde”. También involucra el aprendizaje, la salud, el descanso y la forma en que se organiza la vida escolar.
¿La escuela debería adaptarse más al reloj biológico de los adolescentes? La discusión sigue abierta, y la ciencia ya aportó varios datos para tenerla.



